MaritaCR

Cuento de Andersen
Adaptación: Eugenio Sotillos
Ilustraciones: María Pascual



Una vez, sucedió que cierto fabricante de juguetes confeccionó doce soldaditos de plomo. Los doce soldados eran hermanos, porque habían nacido de la misma cuchara de estaño, y estaban muy orgullosos de su fusil y de su uniforme rojo y azul.
Las primeras palabras que los soldaditos oyeron en este mundo fueron pronunciadas por un niño al abrir la caja que los contenía.
- ¡Oh! ¡Qué bonitos soldaditos de plomo me ha comprado mi papá!
El muchacho formó a todos los soldados encima de la mesa. Todos se parecían como una gota de agua a otra; todos menos uno: el último que fundieron y para el cual no hubo suficiente plomo. Por eso sólo tenía una pierna.
-¡Vaya! – dijo el niño -. Parece que haya estado en la guerra. Cuando marque el paso tendrá que andar a saltitos.






El niño se cansó de jugar y dejó la caja de soldados en su cuarto de los juguetes. Allí había de todo: osos de trapo, trenes eléctricos, barcos… Pero lo que más entusiasmó al soldadito fue una hermosa bailarina de porcelana que parecía de verdad.
Uno de los muñecos, un payaso muy gracioso, se puso a tocar su violín y la bailarina empezó a bailar.
El soldadito de plomo se sentó encima de una caja de colores para verla mejor.





-¡Cómo me gusta! – dijo el soldadito -. Si no fuera cojo, le pediría que se casara conmigo.
Aprovechando que el niño y sus padres se habían ido a dormir, todos los juguetes empezaron a saltar y a brincar.
Los soldados organizaron un desfile; el tren se puso a correr a toda velocidad; el muñeco del violín a tocar. ¡Qué gran alboroto armaron!





De pronto, la caja de colores donde se había sentado el soldadito de plomo se abrió violentamente y un enano salió de ella.
-¡Aparta de aquí, soldadito cojo! – le dijo el enano a nuestro amigo - . Eres muy poquita cosa para aspirar a la mano de la linda bailarina; ella vive en un palacio y tú en una estrecha caja de cartón, en compañía de otros compañeros tan feos como tú.



El soldadito cojo se quedó muy triste pero no contestó nada y se apartó a un rincón.
La fiesta de los juguetes continuó cada vez con más brío.
-¡Pit piiit! – sonaba el tren.
- ¡Ñic ñic ñic ñic! – tocaba el violín del payaso.
La bailarina no decía nada, pero bailaba y bailaba sin parar.





Tanto ruido hicieron los traviesos juguetes, que hasta el loro, el gato y el perro de la casa despertaron sobresaltados. Asustados, el loro empezó a perseguir una mosca, el gato al loro y el perro al gato.
Sin saber cómo, el loro, el gato y el perro terminaron en el estanque del jardín. Sólo la mosca pudo escapar al remojón.
Al salir el sol, todos los juguetes volvieron a sus estantes. El payaso dejó de tocar el violín, el enano de alborotar y la bailarina de bailar.






Los soldaditos, disciplinados y silenciosos, volvieron a su caja de cartón y se dispusieron a descansar, alegres y satisfechos.
Sólo el pobre soldadito cojo, escondido en un rincón, se quedó sin saber qué hacer.
Cuando la criada de la casa arregló la habitación de los juguetes, encontró al soldado de plomo y lo puso por un instante al borde de la ventana.
-¡Qué día más hermoso hace! – dijo el soldadito.






Pero el enano asomó la cabeza por la abertura de la caja donde estaba encerrado y sopló en dirección a la ventana, haciendo caer al soldadito a la calle.
-¡Socorro! – gritó éste.
¡Qué viaje tan terrible! El pobrecillo cayó de cabeza y quedó medio enterrado en el polvo; sólo salía de él su única pierna, orgullosa y derecha.
De pronto, empezó a llover y el polvo se convirtió en barro.
-¡Que me ahogo! – gritó nuevamente el soldadito.
Cuando volvió a lucir el sol acertaron a pasar por allí un niño y una niña.
- Mira – dijo el niño - , un soldadito que ha perdido una pierna en la guerra.
- ¿Por qué no lo metemos en nuestro barquito? – preguntó la niña.




Los niños colocaron al soldadito en su barquito de papel y éste empezó a deslizarse por la rápida corriente.
El soldadito temblaba de miedo, pero no decía nada y permanecía muy tieso y con el fusil bien sujeto.




El agua le llevó hasta el río y, al pasar por debajo de un puente, un ratón muy enfadado le gritó:
¡Eh! ¡Alto! ¿A dónde vas? ¡Enséñame tu pasaporte!
Pero la corriente, cada vez más rápida, arrastró al barquito de papel hacia el mar.
“Esto es el fin – pensó el soldadito de plomo -. El barquito empieza a deshacerse y me voy a ir al fondo.”




Una ballena que pasaba cerca, dando su paseo matinal por encima del agua, estornudó muy fuerte y acabó de deshacer el barquito de papel.




El soldadito, siempre muy tieso y sin soltar el fusil, se fue hundiendo lentamente. Pero antes de llegar al fondo, un pez abrió la boca y, ¡chas!, se lo tragó.
¡Dios mío! ¡Qué oscuro estaba el estómago del pez!
Pensó que nunca más volvería a ver a la linda bailarina de la habitación de los juguetes.

“Voy a morir – pensó -, pero moriré como un soldado; aguantando firme y sin soltar el fusil de la mano.”
El pez estuvo nadando en todos los sentidos y acabó por subir a la superficie. De pronto, el soldadito se dio cuenta de que el pez empezaba a moverse y a contorsionarse. Al cabo de unas horas el soldadito tuvo la impresión de que un relámpago le cegaba; la luz del día volvió a aparecer ante sus ojos y una voz exclamó:
-¡El soldadito de plomo!



¿Sabéis lo que había sucedido? Pescaron el pez, lo llevaron al mercado y la criada de la casa de su dueño lo compró para cocinarlo. Al abrirlo con un cuchillo encontró al soldadito y lo entregó otra vez al niño.

El soldado de plomo volvió de nuevo al cuarto de los juguetes. Volvió a ver a sus compañeros y a los otros juguetes. Y también ¿cómo no?, a la linda bailarina.





Uno de los amiguitos del niño de la casa, que era muy travieso, arrojó el soldadito al fuego, diciendo:
-Veamos si se salva también del fuego como se ha salvado del agua.
El soldado de plomo sintió que se abrazaba. Los colores de su uniforme desaparecieron y sintió que comenzaba a fundirse.
Su última mirada fue para la linda bailarina que, ante él, empezó a bailar una danza muy triste, como si quisiera despedirse.
- ¡Adiós! ¡Adiós! – lloraba el soldadito, que casi se había convertido en un montón de plomo.





De repente, se abrió la puerta de la habitación y una corriente de aire se llevó a la bailarina que, atravesando la estancia, fue a caer también entre las llamas de la chimenea, al lado de su querido soldadito de plomo. Allí se inflamó y desapareció para siempre.

Al día siguiente, cuando la criada removió la ceniza de la chimenea, encontró los restos del plomo, que habían tomado la forma de un gracioso corazón. Y de la bailarina, tan linda y sonriente, solo se encontró un puñado de lentejuelas que habían quedado unidas al corazón de plomo.

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