MaritaCR
Cuento de Andersen
Adaptación: Eugenio Sotillos
Ilustraciones: María Pascual





Cierta vez, en un pueblo escondido en un hermoso valle, se celebró una gran fiesta.
- ¡Qué fiesta tan divertida! – comentó un conejito que, con otros animalitos del bosque, contemplaba el bullicio de las gentes que cantaban y bailaban.

De pronto, dominando los ruidos de la fiesta, se escuchó el sonido de una campana.
- ¿Dónde estará esa campana? – se preguntaron todos.
Pero por más que buscaron, nadie supo descubrir el lugar en que estaba escondida la campana.
- Tal vez se encuentre en alguna ermita escondida en medio del bosque – comentó un niño.
Todo el pueblo se dedicó a buscar la ermita escondida en el bosque, pero nadie a encontró.




El rey no tardó en tomar cartas en el asunto y ofreció un valioso premio al que descubriera la misteriosa campana.
- Al que la descubra – dijo – le concederé el título de Conde de la Campana.

Todas las tardes, al ponerse el sol, se oía el tañido de la campana; una campana misteriosa que nadie sabía dónde estaba.




Una mañana de domingo, al salir de misa, dos niños y una niña se dirigieron al bosque a buscar la campana escondida.
- ¿Sabes dónde está la campana misteriosa? – le preguntaron a un conejo que estaba tomando el sol.
- Nunca oí hablar de esa campana – respondió el conejo.





Los niños siguieron andando y al encontrar un burrito que estaba comiendo hierba, volvieron a preguntar:
- ¿Podrías decirnos dónde está la campana misteriosa?
El burrito acabó de masticar el bocado de hierba que tenía en la boca, la tragó, y después dijo:
- ¿De qué campana me habláis? En este bosque no hay ninguna campana.



Los niños siguieron su camino y cada vez se adentraban más en el bosque.
-Vamos a preguntarle a aquel búho – dijo uno.
Se acercaron al búho y la niña le preguntó:
- ¿Sabes dónde está la campana que suena cada tarde al ponerse el sol?
El búho, que era un poco sordo, dijo:
- Gritad un poco más, amiguitos. Además de ser un poco sordo, estoy casi dormido, pues ya sabéis que los búhos duermen de día.
El niño que tenía la voz más fuerte, repitió la pregunta:
-¿Sabes dónde está la campana misteriosa?
- No lo sé – respondió el búho -. No he oído esa campana. La verdad es que apenas oigo nada.



La niña y uno de los niños, cansados de tanto caminar, decidieron a volver a sus casas. Pero el tercero, dispuesto a descubrir la campana, siguió adelante.

Caminando, caminando, llegó hasta un lugar apartado del espeso bosque y descubrió una pequeña casita rodeada de plantas trepadoras. El niño se quedó sorprendido. Colgada cerca del alero, medio escondida entre las hojas de las plantas, había una campanita azul.




-No es posible que ésta sea la campana que busco – se dijo el niño -. Una campana tan pequeña no haría un ruido tan grande.

El niño se alejó de la casita. El bosque se iba llenando de sombras, ya que el sol empezaba a ponerse detrás de las montañas.
¡Nang! ¡Nang! ¡Nang! ¡Otra vez la campana!
El sonido de la campana viene de la izquierda – se dijo el niño -. Voy a caminar hacia allí.”

Siguió caminando y, de pronto, encontró a un niño vestido de blanco.
- ¿También tú has venido a buscar la campana? – le preguntó.
El niño vestido de blanco no respondió.




Esta imagen no coincide con el texto, pero la incluí porque aparece así en el libro, posiblemente hubiera una parte que finalmente no se redactó.



- ¿Quieres ser mi amigo? – preguntó el niño que buscaba la campana -. Si tú me ayudas, tal vez la encontremos.
- ¿Por qué quieres encontrarla? – preguntó el niño vestido de blanco -. A ti no te hace falta la recompensa que ofreció el rey.
- ¿Me conoces? – dijo el niño.
- – respondió el pequeño vestido de blanco -. Sé que eres el hijo del rey.
- Soy el príncipe, en efecto – respondió el niño -, pero me gustaría encontrar la campana misteriosa. Me gustaría llevármela a palacio para que todos los súbditos de mi padre pudieran verla y escucharla de cerca.
- Eso está bien – dijo el niño vestido de blanco -. Veo que te preocupas mucho por los demás.
- – dijo el príncipe -. Cuando yo sea rey, procuraré ser bueno y generoso para ser amado por todos.
El niño vestido de blanco se puso muy contento por la respuesta de su compañero.
- Allí está la campana – dijo -. ¿No la ves?


En efecto, sobre sus cabezas, en medio de las nubes y cerca de las estrellas, estaba la campana.
¡Nang! ¡Nang! ¡Nang!
- ¡La campana! ¡La campana misteriosa! – gritó el pequeño príncipe.
- Yo soy tu ángel de la guarda – dijo el niño vestido de blanco -. Tu has encontrado la campana porque eres bueno.
La campana, allá en lo alto, seguía repicando. Y sus sones de plata parecían cantar:
Paz a los hombres
de buena voluntad.
- ¿Podré llevarme la campana a palacio? – preguntó el hijo del rey.
- No – respondió el ángel de la guarda -; está demasiado alta.
- ¡Oh! – casi lloró el príncipe.
- Ya no volverás a verla nunca más – dijo el ángel. Solo la escucharás si alguna vez faltas a tu promesa y faltas a tus deberes de rey.
- Siempre me portaré bien – prometió el hijo del rey – Ahora debo regresar a palacio.
- Será mejor que esta noche te quedes a dormir en el bosque – dijo el ángel. -. El palacio está muy lejos.


El hijo del rey se tendió a dormir sobre la hierba y el ángel veló su sueño, ahuyentando a los osos y los jabalíes que se acercaban a él para hacerle daño.

Al día siguiente, un rayo de sol despertó al príncipe. El ángel de la guarda se había vuelto invisible, pero el niño sabía que estaría siempre junto a él, protegiéndole y vigilando todas sus acciones.

El hijo del rey montó sobre un ciervo y así pudo llegar en seguida a su palacio.
- ¿Dónde has estado? – preguntó el rey.
- Buscando la campana – respondió el príncipe.
- ¿Y la has encontrado?
- – respondió el príncipe -, pero estaba muy alta, cerca de las estrellas, y no he podido cogerla.





En el pueblo no volvieron a escuchar más los sones de la campana misteriosa. Pero el pequeño príncipe no olvidó la promesa que había hecho al ángel.
Cada noche, al rezar sus oraciones, repetía:
- Seré un rey muy bueno y generoso y siempre buscaré la felicidad de todos mis súbditos.


Al cabo de muchos años, cuando el príncipe se convirtió en rey, cumplió lo que había prometido.
- No hay otro rey más bueno y generoso – decían todos.
Alguna vez, cuando el joven rey estaba a punto de olvidar su promesa, volvía a escuchar la campana, que era como un aviso de su ángel del aguarda.
¡Nang! ¡Nang! ¡Nang!
Y el rey, arrodillándose, pedía perdón por su falta.




Pero la campana sonó muy pocas veces, porque, como ya hemos dicho, el joven monarca era muy bueno y generoso. El más bueno y generoso de todos los reyes que han existido.




La semana próxima: El Abeto (de Andersen).....